La enseñanza de una lengua extranjera es un terreno
muy complejo y amplio que puede definirse desde diferentes enfoques y que aún
en la actualidad es materia de investigación, por lo que no hay una teoría
definitiva. Partiendo de mi experiencia como profesora de idiomas, la imagen de
la esquina inferior derecha contiene un buen resumen de los conceptos que se
deben de tener en cuenta a la hora de preparar una lección o un curso de ELE o
de una lengua extranjera: la clase como grupo de personas y el espacio y las
herramientas que ofrece; el idioma que se enseña; entender y conocer a los
estudiantes, además de cerciorarse de que ellos también entienden lo que están
aprendiendo de una forma divertida y amena; y exponer a los alumnos a
diferentes situaciones lingüísticas como hablar, leer, escuchar y escribir.
Esta cadena conceptual se conecta con el resto de las imágenes mostrando cómo
en la instrucción el profesor debe de entender la diversidad de sus alumnos,
ofrecer actividades variadas y entretenidas y mostrar una actitud abierta y
positiva.
Es esencial saber las herramientas de las que
disponemos en la clase y el espacio que se nos ofrece. Por ejemplo, si hay
espacio en la pared donde poner posters con palabras clave que sirvan de
recordatorio para los estudiantes y de estímulo para utilicen el vocabulario
adecuado cuando sea necesario, el uso de un proyector o altavoces para realizar
actividades con vídeos o audios, contar con internet con las infinitas opciones
que esto implica, los aparatos electrónicos que pueden usar los alumnos en el
aula, etc.
También es importante comprender que aprender un
nuevo idioma también implica sumergirse en una nueva cultura. Es fundamental
introducir al estudiante en las diversas culturas de los países de habla
hispánica o, dependiendo de la clase de que se esté enseñando, la cultura del
país específico donde se vive o la que el alumno desea conocer. Que el alumno
pueda sentir una conexión más allá de las formas gramaticales y las estructuras
sintácticas que está adquiriendo, de forma consciente o inconsciente, ayudará a
que se sienta más motivado y conectado al idioma que aprende, lo que puede
también empujarle a usarlo con más frecuencia; quizás con una aplicación en su
teléfono, escribiendo en la lengua meta, hablando en español fuera del aula...
En cuanto a la enseñanza del español, es probable
que podamos encontrar vínculos, sobre todo al inicio de los niveles más
básicos, que ayuden al estudiante a derrumbar la barrera del miedo, que muchas
veces se convierte en un freno en el proceso de aprendizaje. Ayudar al alumno a
establecer conexiones entre la lengua objetivo y su lengua nativa le permite
sentirse más familiarizado con este nuevo conocimiento al que está expuesto,
por lo que también le puede ayudar a estar más cómodo. No se debe olvidar que
las estructuras de las lenguas, su gramática, sus expresiones, entre otras
muchas cosas, son muy diferentes entre ellas, por lo que debemos intentar crear
proximidad y no distancia, que a menudo se suele identificar con la idea de
dificultad. Es por ello por lo que muchas veces se escucha a los alumnos decir
al estudiar una lengua nueva que esta es ‘es muy difícil’. Si hablamos del español, hay que recordar que
en otros idiomas no hay género y número, no existe el concepto del subjuntivo o
no se cuenta con la misma cantidad de conjugaciones. Aquí es donde el profesor
debe facilitar la adquisición del nuevo idioma, convirtiendo el aprendizaje de
la nueva lengua en un proceso que se interiorice de forma más natural en vez de
intentar hacer que el alumno memorice conceptos metalingüísticos demasiado
complejos, especialmente cuando todo lo que se está aprendiendo ya es de por sí
algo nuevo en la mayoría de los casos.
Otro punto básico es conocer bien a nuestros
estudiantes. La edad es un factor clave que cambiará mucho la dinámica de
nuestra clase, ya que la atención que se puede abarcar varía notablemente según
la edad del aprendiente. Normalmente los adultos suelen tener claro el porqué
de aprender una lengua extranjera a diferencia de los niños, los que en su
mayoría aprenden otro idioma como otra actividad extra en su itinerario. Sin
embargo, en ambos casos hay que animar al alumno a continuar aprendiendo y a
seguir motivado. Comprender los intereses del estudiante o encontrar una meta
en común si se trata de un grupo, nos ayudará a conseguir mejores resultados,
ya que de esta manera se puede ser capaz de crear dinámicas en el aula donde
ellos podrán hallar una utilidad o finalidad en lo que están estudiando.
Cabe mencionar que la actitud del profesor es
crucial en una clase de lengua extranjera. Un docente que no se mueve en la
clase, que no se muestra positivo y contento, que no varía el tipo de
actividades, no podrá conseguir el mayor rendimiento de sus alumnos. El trabajo
y la preparación del enseñante es equivalente a los resultados que se obtendrá
del trabajo de los alumnos. Juegos, mapas conceptuales, fichas y tarjetas
educativas, actividades comunicativas divertidas, mapas conceptuales,
rompehielos y muchos otros, deben complementar el modelo tradicional de
escribir en el cuaderno, copiar de la pizarra y repetir el mismo currículum
curso tras curso.
Por último, las clases deben de seguir un hilo y
estar conectadas entre sí. Cada clase debe de responder a una secuencia clara y
lógica. No tendría sentido aprender el pasado sin poder expresar el futuro o
hablar en una clase sobre la familia y en otra sobre la comida.
En conclusión, pienso que el profesor debe de adaptarse
a su clase y a los individuos que la integran usando todos los recursos que
estén a su alcance, preparándose dependiendo del perfil de sus alumnos,
ofreciendo un repertorio amplio y dinámico de actividades que expongan al
estudiante a diversas situaciones lingüísticas útiles y divertidas y, sobre
todo, mostrando el dominio de la lengua y del plan de trabajo que ha creado
para cada sesión, un plan que debe de ser significativo y responder a una
secuencia lógica.

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